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Imprimir artículo25/06/2008 - Investigación y desarrollo en la Argentina
Quiénes invierten y para quéQuiénes invierten y para qué
Con un prespuesto algo superior a los $ 700 millones anuales para el ministerio de Ciencia y Tecnología e Innovación Productiva e inversiones que se realizan a través de distintos organismos y de otras carteras, el Estado aporta el 70 por ciento de los fondos para investigación y desarrollo (I+D). El papel del CONICET, las inversiones privadas, el rol de las universidades, la relación con las empresas y el perfil productivo son algunos de los temas de esta compleja trama.

(Por Sabrina Díaz Rato) ¿Puede la Argentina convertirse en un polo innovador con capacidades reales para ampliar su economía y generar y distribuir mejor sus riquezas? La pregunta aún parece no tener respuesta, pero cuando se la formula en el campo de la investigación y el desarrollo y en el sector de las Tecnologías de la Información y la comunicación (TIC), pueden aparecer algunas claves.
Para Bernardo Kosacoff, director de la Comisión Económica para América latina y el Caribe (CEPAL), el primer rasgo que se destaca de la Argentina “es el bajo nivel de gasto de I D (Investigación y Desarrollo) en relación a su PBI”. El economista resalta que “mientras que el Estado invierte el 70 por ciento y el sector privado el 30, en los países desarrollados esta proporción se da exactamente al revés”.
La secretaria de Planeamiento y Políticas en Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, del ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Ruth Ladenheim, coincide con Kosacoff pero agrega que incluso “en países como Chile o México la inversión del sector privado es superior a la del público. Aquí gran parte de este esfuerzo de inversión lo realiza el Estado”.
Sin embargo, ese desajuste -explica Kosacoff- podría variar significativamente “si de acá a cinco años se incrementara el esfuerzo en el sector privado y se duplicara el gasto en I D”. De esa manera –agrega- “pasaríamos de tener una economía basada en los recursos naturales a una de base tecnológica y científica de valor agregado”.

Inversión, riesgo y peligros
Si bien no existen datos que verifiquen la inversión real del sector privado, hay algunos indicios que demuestran su comportamiento. Según afirma Ladenheim, “alrededor de 500 proyectos por año provenientes de sectores Informática y TIC, químico y farmacéutico, alimentos y metalmecánica se presentan al FONTAR”, el fondo tecnológico que financia proyectos dirigidos al mejoramiento de la productividad del sector privado a partir de la innovación tecnológica. Entre 2003 y 2007, el FONTAR destinó un total de $732 millones, un poco más del presupuesto 2008 asignado al ministerio que conduce Liño Barañao.
Si se miran otros indicadores y se comparan con los países emergentes, queda aún más en evidencia la necesidad de arrastrar mayores esfuerzos en I D por parte del ámbito privado. La Argentina destina actualmente casi el 0,6 por ciento de su PBI en I D, la mitad de lo que destina Brasil y un porcentaje que dista bastante del 3 de Corea o Japón, el 3,5 de Finlandia o el 5 por ciento de Israel. El punto es la capacidad de esas economías de absorber los beneficios de una tendencia de escala mundial que, comentada por el director de CEPAL, reside en “la relocalización de las inversiones en I D de las firmas multinacionales en países en desarrollo”. En la Argentina “existen algunos casos como el de IBM o Intel, pero para el país todavía son anécdotas”, dice Kosacoff.
Lo que no es anécdota es el riesgo de no invertir. Un estudio reciente de la CEPAL advierte que el rezago en el campo de las TIC “puede tener consecuencias a largo plazo para la competitividad y el crecimiento de los países de la región de América latina”. El documento también destaca que los países de mayor gasto en investigación y desarrollo son los que poseen una estructura productiva más especializada en sectores de uso intensivo de tecnología y conocimientos.
En la misma línea del diagnóstico, Ladenheim sostiene que “hay muchos países que superando la barrera del 1 por ciento de su PBI ya se encuentran en una situación de fortalecimiento de su sistema científico tecnológico y de su sistema de innovación”. Por eso, -comenta la funcionaria- “apuntamos a que alrededor del 2010 llegar al 1 por ciento del PBI para impactar en términos de competitividad del sector productivo y de las empresas donde las TIC van a contribuir fuertemente al modelo de desarrollo económico del país”.
La mirada de los empresarios tiene sus matices. “Si bien se invierte un poco más en comparación con otras áreas, el sector no alcanza a tener niveles internacionales decentes”, opina Gustavo Guaragna, vocal titular de la Cámara de Software y Servicios Informático (CESSI) y CEO de Snoop Consulting, quien cree que “para ocupar un lugar en las cadenas de valor y salir de los commodities en tecnología, hay que invertir mucho más en I D”.
Decirlo, parece fácil. Pero llevarlo a la práctica, es otra historia. El empresario señala que una de las mayores trabas que enfrenta una compañía de tecnología para incrementar el gasto en I D “es la falta de alineación entre universidad y empresa”. Se suma la imposibilidad de conformar un “staff permanente de profesionales dedicados a la investigación y al desarrollo, no de aplicaciones, sino de productos de valor agregado”, aclara. Además, -advierte- “todavía existe el problema cultural de considerar que para un investigador trabajar en una empresa es ensuciarse las manos”. Algo que parece contrastar con el hecho de que la Argentina tuvo para 2004 un total de 727 investigadores por millón de habitantes mientras que el Brasil –que tiene el doble de gasto en I D- registró 434.

Valor agregado
Más allá de las disparidades, pasar de la anécdota, -como expresa el director de CEPAL- a la capacidad real de atraer inversiones, todavía es una meta que parece quedar lejos de la voluntad de convertir a la Argentina en un país innovador y exportador de valor agregado. No por nada, “empresas como Google o Yahoo decidieron montar sus Centros
de Investigación y Desarrollo en Brasil y Chile, respectivamente, mientras que en la Argentina las mismas compañías establecieron sus centros de tercerización de marketing y desarrollo commoditizado de aplicaciones”, según la visión de Guaragna.
Para Kosacoff, además de generar confianza como país y ampliar las pautas distributivas a partir de las riquezas “hay que gastar más dinero en financiamiento bancario para investigación, negociar con las multinacionales y otorgar subsidios explícitos con compromisos por parte del sector privado”. La pregunta sobre el modelo de país parece ir perfilando una respuesta. Lo que resta, está a la vista.
   
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